‘O Tolleito de Inishmaan’, o una cuestión de balance

Hugo Álvarez habla de la obra en su blog Butaca en anfiteatro

Sigue el lógico furor en torno a la obra del angloirlandés Martin McDonagh en Galicia -no sólo por lo brillante de sus textos, sino por esa relación tan estrecha que existe entre Galicia e Irlanda y que permite que sus obras se entiendan tan bien aquí-, esta vez con la presentación de O Tolleito de Inishmaan; una obra que se había presentado en España en una exitosa producción en castellano hace un par de años -por cierto, entonces se tradujo ‘cripple’ erróneamente como ‘cojo’; y esta producción acierta al referirse al protagonista como ‘tullido’, término mucho más amplio-; y que ahora llega a Galicia con los mejores mimbres posibles: un reparto potente que sin duda llevará al público a los teatros y uno de los directores más reputados del panorama gallego. El resultado -como no podía ser de otra forma- es una estupenda función de teatro; pero conviene no obstante realizar algunas apreciaciones respecto a la versión del texto y al tono de lectura de la obra de esta producción.

Cuando hace dos años conocí esta obra a raíz de la versión madrileña -que lamentablemente no pudo girar por España-, me pareció un texto cercano a lo redondo, perfecto en estructura y de un extraño equilibrio entre la comedia más ácida y la emoción del nudo en la garganta. Me interesó tanto el texto que vi aquel montaje varias veces -no en vano fue una de mis ‘Diez Funciones Memorables de 2014’- y localicé ambas versiones del texto -la original en inglés y la adaptación al castellano- para leerlas con el detenimiento que se merecían. Me sigue pareciendo, efectivamente, uno de los textos más logrados de McDonagh; aunque también uno de los de estructura más compleja. La historia de los habitantes de Inishmaan, que sueñan con dar el salto a la fama y escapar de ese hábitat en el que nunca pasa nada cuando descubren que Robert Flaherty va a rodar Man of Aran (1934) parte de un hecho real para trazar una radiografía del desencanto. En el centro de la historia, Billy, el tullido recogido por dos señoras a las que llama sus tías después de la muerte de sus padres en extrañas circunstancias; un tullido que en un microcosmos como ese -en el que está a medio camino entre integrado y señalado cual atracción de feria- no tiene posibilidad alguna de prosperar y pasa su tiempo mirando a las vacas sentado en un banco. Ahora, Billy ve en su posible participación en esa película una necesidad imperiosa de salvación para huir de ese entorno hostil. Con la figura del tullido como eje central, McDonagh coloca todo un grupo de personajes que necesitan inmiscuirse en las vidas de los otros para sobrellevar la rutina de sus vidas vacías. Personajes perdedores, sin futuro, atrapados en ese finis mundi en el que es imposible ver más allá, y en el parece que se fueran a pudrir sin remedio de puro aburrimiento. Un mundo, claro, donde la mentira -y la mentira es un rasgo fundamental de este texto- está a la orden del día para generar entretenimiento en un lugar en el que casi nunca pasa nada verdaderamente destacable…

La acidez de los diálogos de McDonagh en esa sociedad en la que unos se atacan a los otros encierra sin duda la frustración de los habitantes de esa pequeña isla de Inishmaan; y el autor planea una estructura extensa, perfectamente calculada; en la que -como es costumbre en él- el espectador es engañado una y otra vez por brillantes giros argumentales, y el equilibrio entre la comedia negra y el drama casi cercano al esperpento -tiene mucho de esperpento esta historia…- se dan la mano de forma casi milagrosa.

Nunca es fácil en las obras de McDonagh encontrar el equilibrio entre esa comedia casi tarantiniana y el drama que siempre encierran estas comedias de perdedores que se esfuerzan en creer que el cambio aún es posible, aunque el público sepa con certeza que no. El presente montaje de ContraProduccións tiene unos mimbres excelentes; si bien ofrece una lectura de la historia que para mí resulta demasiado amable, demasiado inclinada a la comedia; dejando de lado -o sólo sugiriendo, intuyo que de manera consciente- gran parte de la negrura que esconde esta historia de personajes mucho más oscuros de lo que puedan parecer a simple vista y que creo que, en general, no deberían caer excesivamente simpáticos. Es, sin duda, un acercamiento perfectamente válido, el público se ríe con ganas y la función cumple su cometido; pero siento que en McDonagh siempre ha de tener peso el lado más oscuro de estos personajes -que en esta obra casi todos lo tienen-, y ese poso dramático escondido que nos haga sentir culpables de estarnos riendo y nos deje un nudo en la garganta: en la presente versión, sin embargo, ese poso está algo escondido en favor de la comedia más pura. Puedo entender que se haya querido suavizar el tono, tal vez para ampliar el target al que va dirigida la obra; pero siento que, a cambio, algo de la verdadera esencia de ese humor corrosivo de McDonagh se queda por el camino.

Hay que señalar que la presente versión de la obra está ampliamente recortada. Para que se hagan una idea: ignoro cuánto duraban las producciones en inglés, pero el montaje de Gerardo Vera en Madrid -en versión de José Luis Collado- duraba aproximadamente dos horas y quince minutos; mientras que este montaje dura tan sólo una hora cincuenta. En la poda ha desaparecido un personaje secundario -Mummy, la madre centenraria del correveidile Jonhypatinmake-, con todos los cortes que ello conlleva; pero se ha ido más allá, al cortar por ejemplo un monólogo de Billy el Tullido -la escena 7 según el original de McDonagh-; que para mí aporta información relevante no sólo para la trama, sino para ese tono lleno de trampas bien puestas en el que el autor arma toda su trama. Vamos por partes: a pesar de que creo que la estructura de la obra es perfecta y no se hace larga tal y como está escrita en el original en inglés -vamos, que yo hubiese metido la tijera lo menos posible…-; puedo entender que se le practiquen cortes, e incluso puedo entender la desaparición de un personaje secundario en un reparto nutrido -a pesar de que Mummy tenía escenas memorables…-. Ahora bien, no entiendo a qué obedece cortar un monólogo de tanto peso para la trama, máxime cuando además se cuenta con un intérprete plenamente capaz de defenderlo con garantías, como es este caso. Da la sensación de que se ha querido ajustar la obra a una duración muy exacta, y ese es uno de los motivos que provocan que se hayan quedado tantas cosas por el camino: comprensible, sí; pero insisto en que la poda me parece excesiva.

Dicho todo esto -que son cuestiones que creo que no hay que pasar por alto ni mucho menos- insisto en que la realización del montaje es estupenda en líneas generales. La escenografía de Carlos Alonso es perfectamente funcional y útil para la representación; y la iluminación de Afonso Castro acierta al subrayar algunas atmósferas. Puede que sienta que la dirección de Cándido Pazó abuse en exceso de los fundidos a negro entre escenas -a veces sin demasiada necesidad, por más que esas escenas estén numeradas y marcadas como tal en el texto-, haciendo que el conjunto pierda algo de ritmo. De la misma manera, me parece que hay demasiada música: no digo que la partitura de Guillerme Fernández no sea adecuada; sino que está empleada de forma demasiado ominipresente; a veces para subrayar cosas evidentes en exceso. Además, se ha elevado considerablemente el rango de edad de los tres personajes más jóvenes -Billy, Helen y Bartley-, que aquí ya no son adolescentes; sino adultos puros y duros -adultos por tanto más encerrados en el pesimismo asfixiante de ese microcosmos del que ya no van a poder salir…: puede ser una idea interesante-.

La dirección de actores está enfocada como digo básicamente a la comedia; y puede que al dibujo de casi todos -casi, ahora veremos algunas excepciones- les falte un puntito de mala leche: esto es una opción de dirección, sin duda. Está espléndido Santi Romay en el papel protagonista, tanto por la trabajadísima composición física como por un enfoque que aleja con acierto al personaje de la caricatura fácil, dotándolo de gran dignidad: esto es clave -porque el tullido es el (anti)héroe- y la cosa no estaba fácil; la cosa huele a premio… Junto a él, la Helen de María Roja se roba la función en cada aparición, en esa especie de Lolita de pueblo venida a menos que intenta usar su atractivo físico para conseguir sus fines: es cierto que el personaje es muy agradecido; pero además hay que señalar con justicia que Roja hace una creación admirable, que ha sabido encontrar el punto exacto entre humor y cinismo para servir cada una de sus réplicas y que se mete al público en el bolsillo con toda la razón: una actriz a seguir. Las dos tías de Billy -Kate y Eileen- están servidas por Susana Dans y Ana Santos con presencias rotundas, pero que al mismo tiempo desprenden humanidad por dónde pasan -puede incluso que demasiada humanidad para ser personajes de McDonagh…-: ni Dans parece un ogro ni Santos ridiculiza nunca esa necesidad de su personaje de evadirse de la realidad cuando las cosas se ponen feas. Evaristo Calvo enfoca a Jonhypateenmike desde una comicidad sobria y ácida que contrata decididamente con otros enfoques del personaje que haya visto; pero que a mí me funciona. Marcos Pereiro enfoca a Bartley desde donde le indica la dirección: el retrato incide demasiado en la ‘estupidez’ del personaje como elemento cómico; cuando creo que -este sí- debería desprender ternura por el hervor que le falta, puesto que es de los pocos personajes de la obra que no tienen maldad; Pereiro actúa con convicción, lo defiende como un jabato y conecta con el público -que se parte de risa en cada intervención- pero en mi opinión el enfoque del personaje -nuevamente cuestión de dirección- no es el más acertado esta vez. El marinero de Ricardo de Barreiro -inesperadamente humano en su enfoque- acusa parte de los recortes de la versión, y es una pena porque se cuenta con el actor sólido de siempre; y tres cuartas partes de lo mismo hay que decir de Luis Iglesia, que asume con la presencia carismática de siempre el rol del Doctor, que si ya es corto de por sí en la versión original, aquí queda reducido casi a anecdótico.

Los mimbres son buenos, el resultado es en líneas generales también bueno si se asume cómo y hacia quién se ha enfocado la lectura de la obra; el público disfruta y esta función está llamada a ser un éxito sonado en Galicia. Aún así, creo que deberían haberse atrevido a presentar una versión más extensa de la obra con respecto al original; y ofrecer una lectura menos cómica y más oscura de una aparente comedia -acidísima, corrosiva- que esconde -como todas las buenas comedias- una gran tragedia colectiva: endurecer el tono del montaje seguramente aleje a una parte del público; pero también seguramente se acerque a la esencia misma de lo que busca McDonagh. Es, como digo en el titular de esta reseña, una cuestión de balance. Con todo, es una buena función y conecta con el público, lo cual no es poco.

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